El día 4 por la mañana salía del Aeropuerto de Madrid el avión hacia Atlanta. No había ningún tren ni avión desde Valencia que llegara a tiempo ese mismo día, por lo que había que dormir en la capital. Y ya que había que hacerlo, pues pensé que era una buena ocasión para ver la ciudad, que era algo que hacía tiempo que quería hacer. Ya habían sido demasiadas las veces las que pasaba por allí sin haber visto casi nada. El día 2 por la mañana ya estaba por la estación de Atocha. La parada en el Dunkin’ Coffee cercano a la estación era obligatoria. El "hay que comer de todo" o el "una vez al año no hace daño" me sirven para justificar tal capricho.
Posteriormente, paseo hasta el hotel, NH Paseo del Prado, pudiendo así ver de camino cómo era por fuera el museo que le daba nombre, y las poco atractivas colas que se formaban en sus puertas al mediodía. Enfrente había una extraña tienda de dos pisos que aparentemente sólo vendía inofensivos souvenirs. Nos dio por entrar y ver como, a parte de multitud de recuerdos inútiles a los que estamos, desgraciadamente, acostumbrados, había montones de cosas aún más grandes, inservibles y caras. Nada más y nada menos que imprescindibles armaduras medievales, además de todo tipo de armas enormes y pesadas, desde espadones a hachas, pasando por trabucos, katanas o escudos y cascos. Me pareció surrealista. ¿Realmente la gente se gasta dinero en esas monstruosidades?
En la plaza Cánovas del Castillo estaba mi destino, donde además había en el centro una fuente donde se podía contemplar una estatua de Poseidón, o al menos de alguien que también utilizaba largos tenedores. Debía ser, entonces, la fuente de Neptuno, de la que me sonaba haber oído hablar.
No daba tiempo a ver muchas cosas, pero me he quedado satisfecho de mi visita a Madriz. El primer día, no vimos mucho más que la Bolsa, el monumento a las víctimas del 2 de mayo y el Parque de El Retiro. Además del VIPS donde cenamos. El Museo del Prado era mi principal objetivo, por eso mismo quise tener el hotel lo más cerca posible. Curiosamente, haciendo así una especie de celebración tranquila y con aspecto intelectualoide, era el mismo día que acudía a tal pinacoteca que yo cumplía 20 años.
Conocía muchas de las obras de allí, en gran parte gracias a la maestra que tuve de Fundamentos Léxicos, en primero de Bachiller, que nos hablaba de mitología griega mientras nos explicaba el significado de muchas pinturas de temática clásica. Me sentí un ignorante en el museo, se disfruta muchísimo más de un sitio así sabiendo bien qué se tiene delante, o al menos teniendo a alguien que nos lo vaya diciendo. No es lo mismo ver la obra sin más, que conocer al autor, su estilo, la época en que la creó, qué quiere expresar, cuál es su motivación, o por qué la hace de una manera y no de otra.
Daba tiempo a ir también al Museo Thyssen-Bornemisza, después de comer, ver la fuente de Cibeles, el ayuntamiento, la puerta de Alcalá y algún que otro edificio que parecía importante. En este segundo museo no reconocí casi ningún cuadro. Resultaba muy interesante ver cómo de una sala a otra se podía ver un cambio tan descomunal como el que suponía pasar del romanticismo o realismo al vanguardismo.
Siguiendo por la calle de Alcalá y haciendo algún desvío que no recuerdo, llegamos a la Puerta de Sol, donde poco antes miles de personas habían celebrado el fin del 2008. Decenas de personas hacían cola para comprar lotería. Al poco tiempo el Neoclasicismo desaparecía, devorado por varios centros comerciales y montones de personas que andaban con aparante decisión y rapidez mientras huían de las gotas que caían cada vez más frecuentemente de más allá de la novena planta.
El domingo 4, bien pronto, demasiado pronto, un taxi nos llevaba al aeropuerto, donde fueron llegando otros 7 españoles, que serían nuestros compañeros en mi primer viaje transatlántico. Empezaba la odisea.

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